¿Quién fue Francisco Pimentel? Vida y obra de «Job Pim», el cronista del humor caraqueño

Vaya mi más sincero agradecimiento al sociólogo Miguel Castell por hacerme llegar este libro.

A través de las Obras Completas de Francisco Pimentel, compiladas por su hermana Cecilia Pimentel en 1958, y con el respaldo de María Luisa Vegas de Pimentel (esposa de Francisco Pimentel), nos acercamos a un personaje singular y espléndido que nos ofrece una mirada amplia sobre su tiempo y su entorno.

Obras completas de Francisco Pimentel, (Homenaje de su Esposa María Luisa de Vegas Pimentel)
Obras completas de Francisco Pimentel, (Homenaje de su Esposa María Luisa de Vegas Pimentel)

Francisco Pimentel: 1 de septiembre de 1889 – 12 de agosto de 1942 (fallecido a los 52 años)

En un mundo en constante diálogo con los cambios, las modernizaciones y las tensiones sociales, Pimentel nos describe una Caracas que no se limitó a reproducir el control gomecista, las costumbres rígidas ni las modas impuestas. Por el contrario, nos revela una ciudad en plena efervescencia atravesada por dinámicas de explosión cultural, humor político y crítica social. Es así como buscamos acércanos a este sujeto que es un lugar necesario para Caracas, Venezuela y sus habitantes.

Francisco Pimentel y Cecilia Pimentel eran los mayores de ocho hermanos, se llevaban cada uno aproximadamente un año de diferencia.

Nos formamos en un ambiente literario y humorístico, ya que la vena epigramática fue tradicional en ambas familias, paterna y materna: mi bisabuelo el doctor Santiago Rafael Agostini, fue director de una revista satírico política llamada el Diablo Asmodeo, Mi padre, crítico y fabulista, conocido también por su charla amena salpicada de cuentos y chistes. Mi madre, colaboradora en El Cojo Ilustrado y en La Semana, escribía no sólo en el estilo romántico de la época, sino también solía hacerlo como en su Juguete Cómico en un acto, destinado a satirizar a dos solteronas, románticas empedernidas; una apasionada lectora de romances épicos y otra, protagonista de cursis arrebatos amoroso.[1]

Desde joven, Francisco Pimentel mostraba una memoria prodigiosa para recitar poesías que le enseñaba su padre. Su hermana lo describía como un niño tranquilo, reconocido por su habilidad para declamar versos y por un humor pintoresco y particular que fue desarrollando con el tiempo. Desde la primaria, a Pimentel solían llamarlo «Jobo», un apodo que le otorgaron dos amistades de la escuela.

Inició su carrera periodística en 1911, escribiendo para el periódico El Nuevo Diario, dirigido por Diógenes Escalante. Allí mantenía una sección en verso titulada Pitorreos. Poco tiempo después comenzó a colaborar con El Universal, bajo la dirección del poeta Andrés Mata; más adelante escribió también para La Esfera y El Imparcial, este último dirigido por Leopoldo Landaeta.

Francisco Pimentel | Fundación John Boulton

Posteriormente, fundó junto a Antonio José Calcaño el diario El Heraldo, donde colaboró de manera continua, al igual que en El Universal, con excepción del período en que estuvo en prisión. Además, prestó su pluma a revistas como El Cojo Ilustrado, Élite, Caricaturas, Fantoches y La Revista. En varias de estas publicaciones, sus textos —ya fueran en verso o en prosa— aparecían bajo el título Pitorreos, nombre que se convirtió en una firma distintiva de su estilo mordaz y humorístico.

El crítico literario Jesús Semprún (1917) preparó un estudio sobre la poesía jocosa y satírica de Venezuela, en el cual dedica un apartado profundo y sensible a la mirada cálida, inocente y directa que imprime Job Pim en los pitorreos.

El pueblo venezolano que no suele perder el buen humor aun en las peores desgracias, no tiene escritores festivos sino en número ínfimo. Comentar ampliamente tal hecho, desviaría la corriente de estos apuntes a consideraciones de linaje distinto a las que, según entiendo, conviene estampar al frente de los Pitorreos en que Job Pim nos harta con mano larga, de buena sal criolla. Pero si importa decir que los más de nuestros escritores festivos son de aquellos que convierten el centro irrisorio de los bufones en látigo de ira, y en vez de reír entre chanzas vociferan sarcasmos y braman contumelias. En esto se aparta Job Pim de sus congéneres venezolanos. Este mozo narigudo y ladino, no ríe nunca ni se enfurece. Conserva en todo trance su compostura, adornada por una circunstancia sonrisa, que si cobra a las veces agudos e inquietantes rictus de sorna, no se desmanda en ningún momento hasta la carcajada de la chacota. Porque en el fondo su sonrisa es inocente, sus bromas son caramelos agridulces que no obligan a fruncir el gesto en contrariedad; y su musa no nos convida a pasar por la trágica alfombra en que arden, bajo rosas fingidas, las brasas feroces de la ordalía.[2]

Cecilia Pimentel, en su trabajo de compilación, se percata de la magnitud del legado de su hermano. Reconoce que fue “el cronista en verso de la ciudad, y aún más: de Venezuela”[3]. Job Pim, se dedicó a la tarea de narrar cotidianamente lo que iba ocurriendo, las peculiaridades de Caracas, el pulso de sus calles y personajes. A través de sus versos, siguió el desarrollo de ambas Guerras Mundiales desde una mirada local, sensible y aguda. Nos invita a tomarle la mano y a recorrer Caracas con él, entre ironías, apego y memoria. Semprún en el prólogo de Pitorreos dice lo siguiente:

Es un compañero seguro, que no perturbará vuestras digestiones con intempestivos alaridos, ni pregonando con clamoroso frenesí las pesadumbres que lo agobian, ni vacilando en vuestros oídos perplejos, las tribulaciones de su corazón enamorado, ni disparando burlas sutiles que envenene nuestro goce.[4]

El poeta Juan Lizcano dice “que Venezuela vive en sus versos”.[5] Francisco Pimentel es admirado, leído y querido dentro de la comunidad literaria venezolana por su capacidad de entrelazar humor sutil y agudeza narrativa. Su obra, más allá de los pitorreos, revela una sensibilidad literaria que le permitió cuestionar con elegancia las visiones institucionales sobre el comportamiento social, las costumbres y los discursos oficiales, así como el drama “heroico-pitorrizante” que llevó por nombre Jabón de Castilla.

Desde sus textos, abordó temas como la libertad de las mujeres, el uso de tacones, escotes y modas que convertían a las mujeres en soportes publicitarios ambulantes. También reflexionó sobre el matrimonio, el divorcio, la sexualidad diversa —no limitada a relaciones heteronormativas—, y el movimiento entre expresiones de género.

Su estilo no buscaba imponer verdades, sino provocar reflexión y desmontar lo solemne con inteligencia. Con una escritura que combinaba ironía y ternura, puso en evidencia las tensiones que dan jerarquía institucional a las diferencias étnicas y las formas de discriminación presentes en Caracas, abriendo espacios para imaginar otras formas de convivencia y representación.

Están muy en lo justo las mujeres;

¿por qué razón las tienen encerradas,

sin otras diversiones ni placer

que asomarse a ventanas enrejadas,

y, cuando más, si está muy claro el día,

dar una vueltecita en el tranvía?[6]

Es así como sus Pitorreos alcanzan un éxito sostenido y un cariño profundo entre su público lector. Este reconocimiento no surge de la nada: ya existe una trayectoria periodística que da paso a su singular semanario y, posteriormente, al diario vespertino. La evolución del formato refleja la consolidación de una voz literaria que supo dialogar con los temas más perceptivos de la sociedad caraqueña.

El 26 de mayo de 1918 fundó una revista que llamó Pitorreos, dirigida por él y administrada por –Antonio José Calcaño. A los tres meses, debido a su rotundo éxito, resolvió convertirla en diario, esta vez asociado con Leo, como administrador el mismo Calcaño y además con la colaboración de José Rafael Pocaterra quien tenía una sección suscrita con el pseudónimo Le demon du Midi, y de otros escritores jóvenes.[7]

Cecilia Pimentel nos recuerda que la popularidad de Pitorreos se concentró en un período de tiempo muy breve, interrumpidos por la censura, cierre y quema del periódico.

En momentos en que iba a ser ampliado en más del doble de su formato, el 17 de enero de 1919, a los 5 meses justos de su fundación, como diario —había sido fundado el 17 de agosto de 1918— por orden de Juan Vicente Gómez fue suspendido, allanado el local, destrozados sus archivos y él y Leo reducidos a prisión en La Rotunda de Caracas. Desde cuatros días antes, se hallaba encarcelado en dicha prisión su hermano Luis Rafael y a ella ingresaría poco después otro hermano, Tancredo.[8]

Pimentel estuvo en tres ocasiones en cautiverio, sumando un total de nueve años de prisión, cada uno con mínimos espacios de libertad. En cada período, reanudaba su labor periodística. Desde la cárcel, continuaba su producción literaria con los fragmentos y utensilios que lograba conseguir, a pesar de las condiciones de terrible crueldad que se vivían en La Rotunda. El primer contexto de prisión fue el más terrible que duro desde el 19 de enero de 1919 al 31 de diciembre de 1921.

Durante todo ese lapso estuvo totalmente incomunicado, sin ver la luz del sol, sin salir un día de su calabozo, privado del baño; oyendo la agonía de muchos de su compañeros a quienes sacaban muertos, cosidos en las cobijas que, mientras, vivían, clavaban en las puertas del calabozo para incomunicarlos hasta que les sirvieran de mortaja; esperando por momentos la muerte de su hermano Luis Rafael, preso a pocos pasos de él sin poder verlo, moribundo a causa de las terribles torturas a que fuera sometido. El Jobo, con grillos de setenta libras, soportó ese lastre sin moverse, acostado en el suelo, sin siquiera una colchoneta, con el estoicismo sereno de que jamás hizo gala, leyendo y escribiendo hasta que, para ponerlo en libertad, se los quitaron; y en el lugar donde estuvo acostado dejó un hueco, más por el hambre y las privaciones, por el de los propios grillos[9]

Tras el asesinato de Juan Crisóstomo Gómez —conocido como Juancho Gómez— hermano de Juan Vicente Gómez, ocurrido en junio de 1923, Francisco Pimentel fue nuevamente llevado a la prisión de La Rotunda, junto a sus hermanos Tancredo y Clemente. Su hermano Luis Rafael, en cambio, no logró salir. Fueron encarcelados como presuntos implicados en el crimen, en medio de un clima de persecución y represión.

Francisco Pimentel | Fundación John Boulton

Más adelante, en 1928, tras las protestas estudiantiles, Pimentel fue perseguido por el régimen. Logró ocultarse durante un tiempo, pero su espíritu inquieto lo llevó a entregarse voluntariamente al jefe civil de La Pastora.

Durante su último período en prisión, comenzó a sufrir un dolor agudo y persistente en el estómago, que sería el inicio de la enfermedad que finalmente provocaría su muerte.

En estado delicado de salud, fue trasladado bajo custodia al Hospital Militar, donde conocería a María Luisa Vegas, quien más tarde se convertiría en su esposa.

 

No sé de cierto si maté a don Juancho

pero sé que maté a don Juan Vicente,

y quiero que se sepa mi conducta,

por si acaso me juzgan delincuente

Ya va para cinco años, una novia

adquirí formalmente,

y le ofrecí casarme cuando Gómez

ya no fuera existente.

Pero pasaban meses y más meses,

y un buen día le dije de repente:

“Mira, mi amor, este hombre no se muere

mientras mi compromiso esté latente:

vámonos a casarnos, y que sea

lo que quiera el Señor Omnipotente.

Quince días después, a fin de octubre

Gregorio se enfermó súbitamente;

llegó diciembre: el hombre estaba grave,

lo supe yo de fidedigna fuente;

el diez y seis fijé mis esponsales,

y el tercio se murió al día siguiente.

Yo fui quien lo mató… Pero algo falta,

pues me casé el catorce del corriente,

y se acabó ese día el gomecismo

que quedaba pendiente.[10]

Posterior a la muerte de Juan Vicente Gómez, el general Eleazar López Contreras, en un gesto conciliador, nombró a Francisco Pimente, como cónsul en Valencia, España. Aunque la designación no fue originalmente motivada por razones médicas, Pimentel aceptó el cargo con la esperanza de que el clima valenciano le ayudara a mejorar su salud. Sin embargo, debió retornar a Venezuela poco tiempo después, debido al estallido de la Guerra Civil Española.

Al preguntarle un amigo qué le había parecido el nombramiento, Pimentel respondió con su característico humor: “No puedo quejarme, este es un consulado bueno… pero consulado malo”.[11]

En 1940 regresó a Venezuela y reanudó su producción literaria en medios como El Heraldo, El Universal y El Morrocoy Azul. Al asumir la presidencia el general Isaías Medina Angarita, Pimentel fue designado ministro de Relaciones Exteriores.

Ya muy avanzada su enfermedad, fue sometido a una intervención quirúrgica como último recurso. Sobrevivió apenas 36 horas, dejando así una obra marcada por la agudeza, el humor y una profunda sensibilidad hacia los procesos sociales y culturales de su tiempo.

 

Miguel Otero Silva con su soneto

Llegó hasta ti la muerte. Tu enemiga,

tu antítesis, tu propia negación,

ella, la extraña seca del terrón, 

y tú la pulpa henchida de la espiga.

Ella, la sombra que el abismo abriga,

y tú, la luz de altivo farallón;

ella, el callado andar de la traición,

y tú, el murmullo de la voz amiga.

Llegó la muerte a ti: rosa esculpida

en los marfiles de tu frente lacia

y en el granito de tu pecho inerte.

Mas fue tu gracia tal raudal de vida

que no la muerte te tronchó la gracia

y sí tu gracia iluminó a la muerte.[12]

 


[1] Francisco Pimentel (Job Pim), Obras completas, compilado por Cecilia Pimentel, p. 9.

[2] Jesús Semprún, en Francisco Pimentel (Job Pim), Obras completas, op, cit., p. 16.

[3] Ibídem, p. 20.

[4] Ibídem, p .21.

[5] Ídem.

[6] “Más libertad piden las mujeres,” ibid., p. 653.

[7] Ibídem, p. 12.

[8] Ídem.

[9] Ídem.

[10] Ibídem, p. 13.

[11] Ibídem, p. 17.

[12] Ibídem, p 18.

Fuente consultada

— PIMENTEL, FRANCISCO (JOB PIM), Obras completas. Compilado por Cecilia Pimentel. Caracas: Editorial América Nueva, 1958. Impreso en México.pp.1-1056.

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